Ni un joven más
Los jóvenes de 15 a 29 años de edad del Perú representan alrededor del 22% de la población total del país. En términos numéricos para el año 2017 eran 8 millones 441 mil jóvenes, de los cuales 4 millones 275 mil eran hombres y 4 millones 165 mil mujeres[1].
Sin embargo, más allá de las cifras, los jóvenes representan para las familias y el país, el presente y futuro de lo que seremos como sociedad. Es por ello que tenemos la responsabilidad de estar atentos a lo que ocurre con ellos hoy en día.
En las zonas rurales del país, es notoria la migración de los jóvenes a la ciudad, al culminar sus estudios secundarios muchos optan por abandonar sus chacras, sus familias e instalarse en la ciudad por “un mejor futuro”, no importando vivir en condiciones bastante difíciles, aceptar trabajos riesgosos, mal pagados y expuestos a otros riesgos a su integridad física y emocional.
En las zonas urbanas marginales de las principales ciudades del país el panorama es un tanto distinto, ya que los jóvenes no encuentran la motivación y las oportunidades para hacerse de un futuro concreto. El facilismo y el conformismo es un constante. Vemos muchos jóvenes empleados en mototaxis, en fábricas, como cobradores de combis, y en el peor de los casos dedicándose a acciones de mal vivir (pandillas, robos, etc.). La escuela no resulta motivadora y las familias tienen pocos elementos o posibilidades que ofrecer.
Según el INEI, en nuestro país de la población de 15 a 29 años de edad, el 17.6% no estudian ni trabajan, por lo cual se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad. En el área urbana el 18.4% y en el área rural el 14.4% se encuentran en la misma situación. La tasa más alta de jóvenes que no estudian ni trabajan se encuentra en el grupo de 25 a 29 años de edad (19.4%)[2].
Esta vulnerabilidad a la que se refiere el INEI es la inseguridad para el futuro de estos jóvenes y sus medios de subsistencia y también se constituyen en un problema en la sociedad, porque no están generando bienes y/o servicios.
La salud de la economía de nuestro país depende precisamente de lo más básico, la demanda de bienes y servicios que hagamos todas las personas. Al presentarse un porcentaje de la población económicamente activa que no contribuye en ninguno de estos dos roles, está afectando la salud de nuestra economía. Es por ello que las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´s) a través de sus proyectos de desarrollo han girado su atención en esta problemática en los últimos años, generando proyectos que permiten el desarrollo de capacidades técnico productivo en estos jóvenes y promoviendo el emprendimiento en diversas áreas como computación, mecánica, panadería, crianza de animales, comida, pastelería, etc. Sin embargo estos esfuerzos son insuficientes para frenar el cada vez mal alto porcentaje de jóvenes que no se constituye en un agente de cambio en la sociedad.
Si bien algunos indicadores de desarrollo, nos ubican como un país de ingreso medio alto, aún no somos un país sostenible, que pueda hacerse cargo de su población asegurando su bienestar y la provisión de servicios básicos para su sobrevivencia, por lo tanto, no podemos engañarnos y pensar que la mejora macroeconómica del país conllevará de manera inmediata en aliviar los problemas esenciales de la población. Debemos orientar nuestro esfuerzo en diseñar e implementar estrategias más eficaces y que generen un impacto real desde la escuela a fin de reducir la brecha de jóvenes NiNi en nuestro país.
Desde el sector privado, tenemos también una responsabilidad por actuar frente a esta problemática, ya sea desde la investigación, la capacitación, la promoción, e incluso la difusión de sucesos o buenas prácticas. La empresa privada, asimismo, a través de sus acciones de responsabilidad social, están llamadas a actuar y promover alternativas para los jóvenes. No lo olvides.